Mientras Óliver se duerme.

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Nuestro pequeño está a cuatro meses de los tres años. Nuestra bebé a cinco días de sus nueve meses. Desde hace ya tiempo duermen juntos en una habitación que comparten. Él en su cama y ella en su cuna.

Alma a veces necesita ser mecida tumbada en su cuna para quedarse dormida. Apenas son 10 minutos y no todos los días. Durante ese tiempo observo a Óliver. No dice nada, pero es precioso ver cómo hace por dormirse solo. Como “un mayor”

A veces incluso le escucho inventarse historias en voz baja. Otras, comienza a invitar a peluches a su cama y termina durmiendo enterrado entre cojines y muñecos. Son sus infantiles recursos.

Lo que me llama la atención, para bien, es el hecho de que tiene ejercitado e interiorizado el hábito de dormirse solo. Sabe que tiene que hacerlo y que tarde o temprano sucederá. Ni se plantea, salvo crisis producidas por elementos externos, el llorar para dormir con nosotros o que durmamos con él. Ni siquiera demanda ser mecido como su hermana, que está a medio metro.

Eso me hace pensar en los apenas 60 minutos divididos en tres noches, en las que le inculcamos la idea de que tenía que dormirse solo. Tenía unos 6 meses cuando eso sucedió y fue en forma de llanto, una emoción válida y necesaria.

El fruto de aquella hora escasa, es un niño equilibrado que asume que algo tan básico como dormir le incumbe a él. Nadie puede dormir por él, ni nadie debería dejar de hacerlo de forma sistemática noche tras noche.

Dulces sueños, pequeños míos.

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