La educación como semilla

Cuando Óliver llegó a nuestras vidas, teníamos dos posibilidades. Comenzar a leer libros y consultar por internet para educarle… o aplicar el sentido común. Tomamos el segundo camino.

No han pasado ni tres años en los que le hemos inculcado nuestros valores, le hemos fijado límites, le hemos dedicado el 90% de nuestro tiempo libre, le hemos alentado a explorar, le hemos premiado, le hemos reñido, ha reído mucho, ha llorado mucho menos y le hemos visto crecer de forma exponencial en todos los sentidos.

A nivel de lenguaje pensamos que es un niño que destaca, porque no es un loro que repite lo que oye, sino que te sorprende en cualquier momento asociando conceptos en su cabecita y creando ideas nuevas. 

Todo esto lo hicimos basándonos en lo que nos parecía lógico y normal. Poco a poco hemos ido descubriendo que esta forma de educarle, tiene maravillosas consecuencias. 

La primera la vivimos cuando no llegaba al año y medio y fue él mismo el que nos entregó en chupete. No de forma puntual. Si no para siempre. Abro un inciso y esperamos que haga lo mismo con el pañal un día de estos.

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Nuestro reto como padres es no estropearle. Viene bien de fábrica. 

Otra de las conductas que nos ha llegado de vuelta ha sido la de darle la mano cuando vamos por la calle. Es él el que la reclama de forma efusiva si no se la damos. Quizá tenga que ver que le hemos hablado desde siempre de las consecuencias de no hacerlo. Sin tapujos ni algodones. Añadamos a esto que ayer mismo en un semáforo dijo en voz alta: “mira papá, la gente cruza mal”. Dos años y nueve meses. Me lo como con patatas.

La última tiene que ver con el móvil. A estas alturas de su vida, no paro de ver niños que están con el móvil de sus padres a cambio de paz familiar. Ni siquiera este verano en un Madrid-Asturias necesitamos para nada ponerle a Peppa Pig en el coche. ¿Vamos de guay? No. Nuestro hijo es nuestro reflejo. Es él el que en ocasiones nos dice “papá deja el móvil y ven a jugar”. 

Me estoy dando cuenta de que dedicar tiempo a nuestro hijo mayor, está dando ya unos frutos maravillosos. Todos basados en su independencia como persona, su capacidad para hacer suyas conductas aprendidas y que él mismo se preocupa de recordarnos. Como si todo el tiempo de calidad que le hemos dado, nos estuviera devolviendo los frutos de aquellas semillas. El resultado no puede ser más bonito.

 

 

 

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