Juan Carlos Ortega, mi nuevo Gila.

Crecí escuchando a Gila gracias a Mariano, el padre de unos grandes amigos  mío que vivían en el cuarto B. Esa familia casi se fusionaba con la nuestra porque hasta nos fuimos de vacaciones juntos cuatro años seguidos a la playa de San Juan. Tal fue el machaque al que sometí a aquellas cintas que terminé por memorizar algunos episodios completos.

Treinta años después soy monologuista y utilizo ese humor heredado de Gila para mis actuaciones, conferencias y hasta un podcast que lleva el pretencioso título de “Lo que aprendí de Gila”, que recupera las llamadas de teléfono absurdas.

Mi yo adulto se ha reencontrado con esa sensación de no cansarme de escuchar, como en su día sucedió con Gila, “al Ortega”. De nombre Juan Carlos y cuya mítica criatura llamada “Las noches de Ortega”, ocupa gran parte de la memoria de mi smartphone en forma de episodios de Podcast.

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Un espacio de media hora que emula al mítico “hablar por hablar” que en su día presentarán las no menos míticas Gemma Nierga y Macarena Berlín. En la versión que hace el Ortega, lo mejor de todo es esa sensación inicial de que va en serio. Para a los pocos minutos, comenzar a escuchar las llamadas de sus oyentes y comenzar el desfile de incoherencias y de una crítica mordaz, que sin embargo mantiene un tono blanco y honesto en su forma y en su fondo.

El mérito añadido de que sea el propio Juan Carlos Ortega, el que monta todas las noches de los viernes esa orgía de personajes “simplemente” modulando su voz, añade un plus de mérito difícil de superar y suponen rizar el rizo de unos guiones portentosos.

Estoy enganchado a “Las noches de Ortega” como en su día lo estuve a las historias de Gila. Como con aquel, tengo mis episodios favoritos en la memoria y de vez en cuando los rescato porque merecen mucho la alegría.

Recuerdo el de aquella mujer que fue secuestrada por los integrantes de ABBA y la obligaron a componer todos los éxitos del grupo sueco. Cómo olvidar uno de los primeros episodios en los que un hombre quería poner fin a un juego del escondite, que le había privado de tener a su padre a su lado durante los últimos veinte años, por el orgullo mutuo de no perder la partida. También aquella señora que llevaba doce años ininterrumpidos hablando por teléfono con su suegra. Uno de los momentos cumbre de risas fue la poesía de Santiago  (min. 17:50) y la opinión posterior del Ortega. Sin olvidar sus “puedo saludar” siempre geniales o su fijación por Juan Carlos Monedero, profesor al que padecí y del que me encanta reírme.  Pero quizá “la noche de Ortega” que me  pareció más épica fue una titulada “La Nostalgia”. No porque fuera desternillante, sino porque me pareció una pieza de puro ingenio.

En este ejercicio de nostalgia, quiero agradecer a Juan Carlos Ortega que haya cogido el testigo de Miguel Gila.

AUTOR: Nacho Caballero

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