La brecha emocional

En estos días que se habla tanto de la brecha salarial, convendría echar un vistazo a la brecha emocional. Me refiero a la que se produce en relación a nuestros hijos cuando nacen.

Por increíble que pueda parecer, nos parece normal reivindicar que nuestra carrera profesional no se vea mermada por el hecho de ser padres o madres. ¿En qué momento hemos pensando que el nacimiento de hijo no debería llevarnos a un replanteamiento vital profundo?

Que no ganes el mismo dinero que cuando no tenías hijos es normal. Porque lo normal es que trabajes menos tiempo, para dar prioridad a los cuidados de tu recién nacido y luego a su educación más básica en sus primeros años. Me da igual si eres hombre o mujer. Y que conste que me parece intolerable que te penalicen laboralmente por haber sido padre o madre. Lo he vivido en primera persona.

Sin embargo, siento que vivimos en una sociedad que ve como normal el haber delegado en terceras personas el cuidado más esencial de nuestros pequeños. Sobre todo en esos primeros años en los que se establecen las bases más sólidas en valores, creencias y pilares educativos. Es lo que yo denomino “la industria de los abrazos rotos”.

Se da por hecho que si no das la talla en el trabajo te pueden despedir o dejar de progresar. Pasando por alto que si no haces lo propio con tu familia, las consecuencias pueden ser igualmente catastróficas para ti como persona, pero también para la sociedad en su conjunto.

Porque los hijos que se tienen para no ocuparse de ellos, para delegarlos en otras personas y para que las clases extraescolares sean su niñera, son los hijos que luego dan síntomas déficit de atención y terminan siendo medicados. Cuando el verdadero déficit de atención fue el que sus padres y madres tuvieron para con ellos

Aquellos padres y madres que no cambiaron sus prioridades económicas y profesionales en beneficio de la familia, al menos durante los primeros y cruciales años de vida de sus pequeños. Más al contrario, entraron por la puerta grande en toda una industria de las necesidades banales relacionada con los recién nacidos. Desde el termómetro que mide la temperatura del codo, hasta el coche tanque, pasando por el piso de cinco habitaciones. Suma y sigue. O más bien resta.

Siempre he pensado que las personas generosas son las que tienen hijos para cuidarlos y educarlos en primera persona. También lo son las que no los tienen porque prefieren dar prioridad a otros ámbitos de su vida. Todo lo demás, me parece un ejercicio de irresponsabilidad que terminan pagando niños inocentes y la sociedad en su conjunto.

AUTOR: Nacho Caballero.

 

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