Airbnb. Ordeñando la casa de la abuela.

Recuerdo aquellas madrugadas en las que tenía que ir al trabajo en Taxi porque no había otra alternativa. Más de una vez y más de dos, los taxistas se negaron a llevarme porque la carrera era tan solo de seis o siete euros. Esta circunstancia no era la predominante, pero si lo suficientemente recurrente para no considerarse una excepción.

Algo parecido me ha sucedido de distintas ocasiones, cuando he querido reservar alojamiento en un hotel/hostal o similar por motivos de trabajo. Por tal condición, suelen ser reservas de una sola noche… la del sábado concretamente. Pues bien, en estos casos también he sentido el rechazo por no quedarme dos noches. Además, no se cortan y te dicen que aunque te quedes una sola noche, te tienen que cobrar dos.

Pongo estos ejemplos como parte de la explicación del surgimiento de plataformas como Cabify y Airbnb, llamadas a mejorar y proporcionar una experiencia de cliente nunca antes conocida.

Me quiero centrar en Airbnb, que en sus orígenes presumía de proporcionar precios competitivos, ubicaciones inmejorables y que además la experiencia era completamente diferente, porque al alojarte en casas de personas reales, éstas te guiaban en tu paso por la ciudad haciéndote sentir lejos de la frialdad de los hoteles, en los que todas las habitaciones son iguales y no puedes distinguir si estás en Nueva Delhi, Hensinki o Getafe.

anfitrión-Airbnb
Cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia.

Creo que esta última parte de Airbnb se ha venido abajo y la desidia legislativa de los políticos está dando a luz a un nuevo fenómeno: los pisos ordeñados.

Se trata de viviendas con una superficie generosa, ubicados de forma ideal en ciudades turísticas, en los que se renuncia a las zonas comunes tipo salón o cuarto de estar, para convertirlo todo en habitaciones más o menos artificiales. De tal forma, que el único respiro que tiene el visitante más allá de su habitación, es un pasillo oscuro de puertas cerradas que le conduce a la cocina al baño. Todo muy limpio, pero con un nivel de frialdad que constiparía a Olaf.

En este modelo el anfitrión no tiene ni por qué aparecer. Tiene la casa de su difunta abuela convertida en una máquina de hacer dinero sin escrúpulos y sin ningún tipo de encanto, en el que la experiencia del viajero se reduce a un bajo coste por noche y un entorno de alojamiento perfecto para la depresión.

Lo terrible de todo esto es que no es ecológico. Porque la proliferación de estas casas que eran de los abuelos y que han sido convertidas en alojamientos en serie, parece del todo menos serio. Porque está provocando la expulsión de los habitantes del centro de las ciudades que pretenden vivir de alquiler, haciendo que esas casas y esos barrios tengan una vida real. Que haya salones donde sucedan cosas, mesas de la cocina en las que se den buenas y malas noticias, camas en las que haya peleas de almohadas entre gente real… o terrazas en las que charlar en verano noche tras noche y arreglar el mundo en general y el de una familia en particular.

Airbnb hace tiempo que no es nada de eso. Venden camas frías al mejor postor… mientras roban el alma de las ciudades.

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