¿Cómo hacer un Bill Cosby a tu hijo?

Sin querer entrar en polémicas sobre cómo ha degenerado la reputación del protagonista de La Hora de Bill Cosby, para mi siempre quedarán en el recuerdo algunos capítulos magistrales de esa sitcom de los años ochenta.

En uno de esos episodios se produce una de las situaciones más divertidas que recuerdo de esta famosa serie de televisión. El hijo mayor, Theo, se queja continuamente de las comodidades que tiene en casa y que un día se independizará y será libre. Todo esto lo dice con la boca pequeña, pero de tanto decirlo su familia termina tomándole la palabra.

En la siguiente escena todos se convierten en cómplices de un teatrillo en el que la casa deja de ser un hogar, para convertirse en un hotel-pensión en el que todo tiene un coste. De esta forma, Theo se da cuenta y comienza a valorar lo que antes daba por hecho y era gratis. Es cuando de forma abrupta choca con la realidad y recula en su actitud al verle las orejas al lobo.

Esta técnica de las consecuencias la hemos utilizado recientemente con nuestro hijo Óliver de cuatro años y medio. Al observar un cierto nivel de desgana (rozando la desesperación) mientas cenamos en familia y habiendo descartado otras causas que nos debieran preocupar, fue entonces cuando decidimos “hacerle un Bill Cosby”.

Le anunciamos que tras terminar los demás la cena nos iríamos (mama, papá y Alma) a la cama y que como él seguía cenando, que se encargara de recoger sus cacharros y apagar todas las luces. Dicho sin aspavientos ni enfado, como algo natural.

Fuimos fieles al planteamiento y nos fuimos todos a la cama, dejándole solo mientras terminaba de cenar como si fuera un mayor y a su rimo, francamente desesperante.

Todo fue bien hasta que llegó el momento de ir apagando luces. Mientras quedaba alguna encendida no pasó nada reseñable. Nosotros estábamos con el corazón en un puño escuchando cómo recogía sus cacharros, los llevaba a la cocina e iba pulsando interruptores como último responsable de la casa en irse a dormir.

Cuando apagó la última luz, aunque no tiene especial miedo a la oscuridad, fue cuando le dio miedo y nos llamó. Fue cuando acudimos y le dimos un abrazo muy fuerte para tranquilizarle. Entre lágrimas nos dijo que no quería volver a cenar solo.

Imagino que alguno/a al leer esto está pensando en llamar a asuntos sociales. Sin embargo, puedo asegurar que desde esa noche de finales de agosto las cenas son en familia de verdad, Óliver ha dejado de llamar la atención mediante la comida y recogemos todos juntos, nos vamos a leer un cuento y nos acostamos de forma ordenada y muy cariñosa, como siempre hemos hecho todo en relación a nuestros pequeños.

También el enseñarles que sus actos tienen consecuencias y límites.

AUTOR: Nacho Caballero.

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