Noche de Reyes

Aquella tarde de ilusión infantil había dado lugar al día de la llegada de los Regalos. La emoción era máxima y todos los paquetitos llevaban un “ticket regalo” por si la mirilla del gusto había errado de nuevo.

A media tarde vino toda la familia de Leganés a nuestra casa. Pasamos una tarde entre risas, ilusión de nuestros hijos, espectáculo del asombro infantil y chocolate con roscón. Este año con nata. La velada se terminó alargando y dio lugar a unas pizzas para cenar todos juntos. Estábamos exprimiendo unas fiestas navideñas que tocaban a su fin, mientras los adornos de nuestra casa notaban que al día siguiente les tocaba volver al armario.

Cuando nuestros ilustres invitados se fueron a casa descubrimos que el ascensor de nuestro portal estaba estropeado. Seis pisos caminando para bajar ese roscón y esa pizza. Ya es mala suerte que nuestro ascensor, por enésima vez, nos deje tirados y lo haga en nuestro papel de anfitriones. Presagio, quizá, de lo que será la cuesta de enero.

Como siempre hacemos cuando se marcha una visita nos pusimos en modo Equipo para recoger todo e irnos a la cama. Yo ejecuté mi misión de género que no es otra que ir a bajar la basura. Justo antes de salir de casa escuché que de la casa de nuestros vecinos de enfrente, con los que tenemos una excelente relación, también salía una comitiva familiar que se encontró con la sorpresa de tener que bajar por la escalera. Yo iba ligeramente por detrás de ellos con un sigilo al que ayudaban mis zapatillas caseras.

Sexto, quinto, cuarto… hasta que esa familia que me precedía se detuvo para encender la luz del tercer piso y se dio cuenta de mi presencia unos metros por detrás. Fue entonces cuando se giraron y me hicieron una pregunta retórica: “vas a bajar la basura, ¿verdad?”. Yo asentí con una sonrisa, dos bolsas en cada mano y un “Feliz Año”. En un primer momento pensé que lo que iban a hacer era dejarme pasar delante de ellos cuatro. Error. Lo que sucedió fue que insistieron hasta que les entregué todas las bolsas que llevaba en las manos. La de la basura cotidiana y la de las cajas de juguetes que habían pasado la prueba del ticket regalo.

Aquel gesto vecinal de gente amable me hizo viajar a tiempos de mi infancia que el recuerdo se ha encargado de idealizar. Y me hizo pensar que igual no todo es tan terrible como nos cuentan y simplemente, tenemos que volver a nuestra esencia y mirarnos más unos a otros para echarnos una mano.

Sentí aquel gesto como un regalo de Reyes. De esos que combinan sorpresa y generosidad. Gracias vecinos.

AUTOR: Nacho Caballero.

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