Como Pez en el Agua

Tenía siete años. Ocurrió en aquella piscina de un complejo llamado Butarque en mi Leganés de la infancia. Aquel corcho blanco con menos tecnología que una puesta de sol… se resbaló de mis manos. Comencé a chapotear mientras tragaba cloro aliñado con agua. Eran los 80. Escuchaba los gritos y algunas risas de mis compañeros, mientras veía a una de las monitoras lanzarse a por mí para rescatarme.

Todo fue muy rápido y no pasó nada grave. Ni boca a boca ni reanimación. Solamente un buen susto y mi confirmación de que para el agua, yo era chocolate.

Esta fue la primera clase de natación que viví en mi infancia. Como os podéis imaginar, con semejante debut, mi relación con el agua tardó cierto tiempo en encontrar un punto de equilibrio.

2014. Nace Óliver en febrero… el 28… uyyyy. Nace también unos meses después un polideportivo cerca de nuestra casa. Lo abren en septiembre. Dos meses antes nos apuntamos toda la familia. Yo me empeño en que Óliver vaya a matronatación desde los seis meses. Es la excepción que confirma la regla de mi aversión a las clases extraescolares para niños desde que son pequeños y ni siquiera las eligen. Por ser menos fino: el niño va a natación por el artículo 33. Yo me comprometo a llevarle.

Ese venirme arriba tiene consecuencias. La primera es que el primer día vemos que no hay tronas en el vestuario. Yo me veo allí con la bolsa de deporte, sin carro, mi hijo que sujeta la cabeza y poco más… ¿dónde lo dejo?.. reclamé… pusieron las tronas. Vamos al agua el primer día… frío… mucho frío. Al menos para un niño de seis meses. También doy un toque… corrigieron la temperatura. Aquello parecía una gymkana para desanimarme en mi empeño de que mi hijo tuviera una relación más sana con el agua que la que tuve yo.

Sin embargo, nada de lo que yo tenía previsto se cumplió. Durante los años que he ido con mi hijo a matronatación, no he dejado de sentir en él ese miedo al agua. En ocasiones olvidado por algún momento de euforia, como aquel día que le dio por tirarse desde el bordillo de pie. Debió desayunar fuerte. Pero lo habitual en él ha sido soltarse poco y agarrarse mucho a mi. Como si el miedo de mis genes estuviera corriendo por los suyos, mientras yo me empeñaba en cambiar el guión de la naturaleza.

Esos días de piscina con mi hijo han hecho posible que nos vayamos conociendo. Las risas en los vestuarios, sus primeras inmersiones, esos momentos de piscina en los que soy su referente, su protector, en los que le lanzo hacia arriba y él siente la confianza de que le voy a coger cuando baje. Todo eso… ese vínculo piel con piel en un medio acuático… me va convirtiendo en su padre. Porque es en esos momentos que pasamos juntos a solas, cuando nos vamos conociendo más en profundidad ;-). Cuando nos vamos aceptando, entendiendo y nos vamos dando cuenta de que el miedo de los dos cuando se une, se convierte en una aceptación de esos temores… que es el primer paso para superarlos juntos.

Hace dos semanas cambiaron a Óliver de grupo. Superó la matronatación y el coordinador del polideportivo me dijo que ya tenía que ir el niño solo con la monitora y sus compañeros. Ese sábado 26 de enero de 2018 la acompañé al vestuario como cada día. Le ayudé a prepararse para su clase de natación… mientras yo seguía vestido de calle. Fue Juan, el monitor de los vestuarios que nos vio llegar en aquel septiembre de 2014, el que le acompañó a la piscina para que tuviera su primera clase sin mi.

Le encantó. Óliver volvió eufórico y me dijo: “ he sido valiente, papá… me lo he pasado muy bien”.

Fue entonces cuando entendí que no voy a poder ahorrar sufrimiento a mi hijo. Mucho menos el que yo pasé de niño. El tendrá que afrontar sus propios contratiempos y sabrá resolverlos como lo hice yo.

Mientras, en este empeño porque fuera a natación desde pequeño, me quedo con el beneficio colateral de haberle conocido más. De habernos unido como padre e hijo entre chapoteos, tragos de agua involuntarios y momentos en la cafetería del polideportivo tomándonos una tostada con tomate o un donut por lo bien que lo habíamos hecho ese día.

Estoy convencido de que mi hijo a partir de ahora y sin mí, aprenderá a una velocidad de vértigo y que este verano posiblemente nade mejor que yo. Me gusta pensar que todos estos años juntos de piscina, de comentarios de ánimo, de consuelo, de sonreírle, de abrazarle, de jalearle, de soltarle, de que aprendiera a relacionarse con el líquido elemento… le hagan sentirse en la vida, como pez en el agua.

TEXTO y FOTO: Nacho Caballero

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